¿Macedonio vive en Catalunya? por Pablo Ottonello

Se supone que esto es una reseña. A mi favor, para el caso, se suponía que El fill del corrector/Arre, arre corrector era un libro del catalán Pujol Cruells traducido al catalán, y en versión bilingüe. Considero necesarias algunas aclaraciones: no soy catalán, no vivo en Barcelona, no conocía, hasta este libro, a ninguno de los autores. Tampoco leí a Pla. Soy un escritor argentino circunstancialmente afincado en el Midwest, y que por esas gratas casualidades de la vida académica (mi alma mater es la Universidad de Chicago) dio con este extraño volumen. Digo esto porque todavía me sorprende cómo los libros que valen la pena siempre se las arreglan para circular.[1]

Ya desde el título bilingüe, El fill del corrector/Arre, arre, corrector propone a la vez una fiesta literaria y una lectura duplicada, casi imposible. La fiesta tiene forma de conversación nada menos que a pie de página. Sus protagonistas (supuestamente): Adrià Pujol Cruells, autor “oficial” del libro, y Rubén Martín Giráldez.[2] Digo “supuestamente” porque el convite literario de los autores pone en duda absolutamente todo: el concepto de novela, el de traducción, el de obra literaria, el de autoría. Y sobre todo, la invitación interroga la forma convencional de leer.

¿De qué trata El fill del corrector? En un primer nivel el libro es un ensayo personal de Pujol Cruells. Aquí relata su relación paterna y sus inicios en la literatura. La profesión del progenitor es relevante: nada menos que el corrector de Josep Pla. (Me lo traduje a términos argentinos;  como haber sido el corrector de Borges, Cortázar, Bioy Casares. ¿Es correcto?)

Pero atención, que esto es un carnaval. El autor rápidamente abandona la trama, o mejor dicho, le propone al lector una lectura esquizoide, casi paranoica, entre texto y comentario de texto. La historia principal (sobre Pla) se disputa la presencia en la página con las notas al pie (territorio de la nueva generación de autores catalanes)[3]. Lujuriosamente bilingüe, virtuosa en su digresión, en El fill abundan las notas al pie desde el inicio del safari. Esto es así al punto de subvertir el uso esperable de la nota (la clarificación) hasta convertirlas en la pulpa del libro. ¿Por qué digo esto? A poco de comenzar queda claro que es en el hampa de la página donde surge la tensión dramática. Los personajes, el drama, la discusión estética y política se dirime menos en el cuerpo del texto (al que no desprecio en absoluto) que en el confuso sustrato de minerales que compone la nota al pie. (¿Podemos hablar de novela geológica?)

Yo creo que sí. La cosa, al parecer, sucede ahí, abajo.

Pero a diferencia de las notas al pie en David Foster Wallace, que las popularizó al extremarlas en novelas como Infinite Jest, o de Manuel Puig, que interrumpe El beso de la mujer araña con derivaciones psiquiátricas, en El fill las notas al pie cumplen una función distinta. (A ver si logro que me crean.) La excusa inicial para la proliferación de comentarios es la calidad de la traducción. Notar esto. El libro está planteado en doble espejo. A la derecha tenemos la versión castellana, traducida por Giráldez. A la izquierda, la versión “original”, escrita en catalán por Pujol Cruells. Hasta ahí, no hay más que un libro bilingüe. En nota al pie, sin embargo, aparece la discusión entre autor y traductor (y por momentos, terciando arbitralmente entre los contendientes, los editores.) El cuerpo del texto, que recorre la relación padre e hijo, como también a influencia literaria de Pla primero en su padre e indirectamente en Cruells, se encuentra literalmente socavado por una disputa intelectual feroz, cómica, rica en erudición, saturada al extremo de referencias literarias. En nota al pie, además, aparecen citas y comentarios de otras traducciones, y por supuesto, nombres de traductores que obtienen tratamiento de artistas. Estrategia refractaria, esto desvía la atención del texto (pero, ¿y cuál es el texto?), y sin embargo, quizás explique la propuesta estética del libro: ¿por qué no llamarla dispersión serial?      (Estoy diciendo casi lo mismo que en el párrafo anterior; es que estoy muy excitado y no puedo pensarlo mejor.)

No es un misterio. Cruells lo apunta con claridad en la nota 53: “En multitud de mis textos el lenguaje es igual de importante que lo que se cuenta, o más”. Estoy de acuerdo. El fill no es otra cosa que lenguaje pensándose como lenguaje, texto que se comenta y se traduce a sí mismo, y que a la vez, comenta y analiza la traducción, dispersándose en un paraíso de bifurcaciones.

El libro propone una cruzada en contra de la claridad, tema que ellos, los contendientes de la nota al pie, parecen muy dispuestos aniquilar. Así como Museo de la novela de la eterna, de Macedonio Fernández, o el Ulises de Joyce, (y sobre todo el Finnegans Wake) son obras que cuestionan (entre otras cosas) la legibilidad de un texto, a partir de esta estructura de referencias cruzadas y bilingües, sazonada de cabos sueltos, los autores de El fill parecen preguntarse si un libro es un dispositivo que debe ser leído. ¿Es este un libro para leer, o un libro para interrumpir la lectura y consumirse de un modo alternativo? ¿No podría entenderse como un boicot a la previsible secuencialidad de la lectura? Respuesta: que “los masajistas de la buena conciencia y los matones de la transparencia” (39) digan lo que quiera. Y que un lector anfibio y osado se suba, si puede, al jubiloso jet que ofrece El fill. (Es que estos tíos van un poco rápido.)

Original, traducción, fidelidad, adulterio e irritación. Intensa bruma de baño turco. Pueda que esa esta la propuesta del libro. ¿No es un poco hostil? ¿No expulsa al lector?

Joé. Claro que no. En primer lugar, ¿no decía Lezama Lima que la dificultad lo ponía cachondo? (A pesar de los kilos, a mí me pone cachondo Lezama.) Si Góngora pudo decir “aves crestadas” en vez de sencillas “gallinas”, ¿por qué no podrán hacer un planteamiento radical los dos esgrimistas catalanes? Y sobre todo, ¿por qué todo se debería entender en la primera lectura?

No, no es hostil, sino todo lo contrario. Es una invitación olímpica al decatlón de la lectura. Requisitos: proteína, stamina, agua mineral. Pero además de dispositivo anti-haraganes, El fill es una provocación exaltada de la literatura catalana. En el texto principal, ocupado en buena parte por la relación entre padre-Pujol y Pla, hay referencias y anécdotas sobre el gran autor ampurdanés. Esto no es un dato menor. Con el salaz franeleo[4] de la nota al pie, los autores no sólo socavan el cuerpo principal, sino que se imponen de manera simbólica por sobre Pla, que queda anulado en la imposibilidad de lectura. La irrupción es simbólica: son ellos, los nuevos autores, los que brotan como fungi después de una larga lluvia. Importa menos qué pasa en el cuerpo principal del texto que en el tribunal de los susurros a pie de página. En ese sótano del libro los yudocas se trenzan bella e inútilmente[5]. (¿Pero quién dijo que la literatura tiene que servir para algo? Bueno, claro, Horacio. Que también habló de delicia.)

El “name-dropping” del que los mismos autores se burlan no es inocente (nada en el libro lo es): plantear la renovación de la literatura catalana, y a la vez provocar, a partir de los destellos de erudición e inteligencia, cómo funciona la literatura de la periferia catalana en torno al centro literario del resto de España, con sede en Madrid.

(Off topic, como dicen los gringos: ¿cómo sería una versión argentina de El fill? ¿Un texto sobre Borges con dos cuchilleros al pie compitiendo por la páginas? ¿Escrita en argentino y traducida al peninsular? [Proyecto de libro].)

La disputa intelectual entre Cruells y Giráldez, de carácter ficticio, pronto ofrece muestras de mutua admiración y respeto. Quizás este sea el aspecto más emotivo (y novelístico) de la obra: la evolución en ese vínculo un poco tortuoso. El autor, que al principio del libro se queja de los agregados y omisiones del traductor, pronto le agradece sus comentarios incisivos, e incluso felicita algunos aciertos y modificaciones que, reconoce, ha quedado mejor que en el original. Este diálogo es un comentario mismo sobre el arte de la traducción. Ya en el “Prologuito” de Giráldez, el traductor dice: “no he respetado tanto lo que Pujols Cruells ha escrito como lo que debería haber escrito”. Y sobre la dificultad de la lectura de esta eclosión de egolatrías que hierve desde lo bajo (zona erógena de la obra) los editores, Hurtado y Ortega, dicen en la “Nota de los editores”: “Palabras necias a los que condenen la jipsterización de la nota al pie” (7). El libro, queda claro desde las advertencias, es una provocación. Por ejemplo (nota 12):

 

“Sr. MG, a tenor de nuestra última, pequeña y en cualquier caso insignificante polémica, yo ya pensaba que lo había visto todo.”

 

El autor se refiere a cómo el traductor se ha tomado la libertad de incluir en el texto fragmentos de un libro previo. (No quiero espoilear, pero esta disputa alcanzará picos de barbarie cuando el traductor irrumpa en el texto principal.)

 

* * *

 

Instalarse como autor/es es matar al padre. En este caso, el padre simbólico puede ser Pla, pero también las instituciones literarias (los “cachalotes moribundos” de los grandes grupos editoriales) que definen qué se publica y cómo. Esos cachalotes se desvelan por la legibilidad. (¡Garantizar la satisfacción del lector-cliente!) El fill, publicado por Hurtado & Ortega, se propone, quizás, lo contrario. Está dispuesto sacrificar lectores con tal de empujar el límite de la novela un poco más allá. La protagonizan, a pie de página, traductor (¿traidor?) y autor (con ocasionales intervenciones ansiolíticas de los editores). Esta primera novela buena, siguiendo el epígrafe macedoniano, es un  libro musculoso, divertidísimo, por momentos irritable, y por eso, ah, fascinante.

Que recorra el mundo.

 

 

[1] En épocas más espirituales llamaríamos a esto Providencia.

[2] Se poquísimo de literatura catalana, y no me sorprendería que alguno de los dos fuera un heterónimo de ficción; además, si tomamos en cuenta que un apellido es catalán, y el otro (al parecer) castellano, tendría bastante sentido de que así fuera (¿acaso uno es el Avellaneda del otro?) Desafortunadamente, gracias a la “semi-erudición” inmediata que ofrece Google, al parecer ambos existen. No lo lamenté, por supuesto. Adriá Pujol Cruells nació en Begur, 1974; Rubén Martin Giráldez en Cerdanyola, 1979).

[3] Disputa a todas luces paginal.

[4] Creo que en Barcelona dirían “cachondeo”.

[5] Creo que abusé de las metáforas. Es que, como dije, me excité. (Mérito del libro.)

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